La importancia de ser Galdós.

El teatro de Galdós es una gran deuda de la cultura, la iniciativa, la empresa y la profesión en la España democrática de nuestros días. Viene a ser un tanto inexplicable que el progresista, el feminista, el gran maestro del realismo, no reciba más atenciones – en lo que atañe específicamente a su obra teatral – de una administración socialista. Y no sólo esto, sino que una malversación partidista lo convierta – a nivel popular – en un conservador de rancios y tópicos valores. Un viejo patriota. Ello da que pensar en las ondulaciones de la gloria, extensible a no pocos ingenios de talla universal. Fatalidad que el tiempo y la razón corrigen saludablemente. A la hora de hoy, tanto empresas como instituciones culturales, se dejan llevar por la corriente, y Galdós – como otros ingenios españoles, que no se estiman “utilizables” por el momento – se queda fuera. Prescindir de la presencia de Galdós en la escena de nuestro país constituye un empobrecimiento lamentable.

Así pues, debemos situarnos y tomar posiciones en cuanto a la defensa y restauración de Galdós y de su particular dramaturgia, que compite con el mejor teatro social de su tiempo en Europa.

Galdós, como Cervantes, además de su impresionante producción narrativa, cuenta con este magnífico corpus dramático y, como el de Cervantes, nos está pidiendo una resurrección sobre las tablas, con nuevos montajes e interpretaciones, desde una óptica contemporánea. Todo ha cambiado considerablemente en el teatro, artística y técnicamente, el espacio, la luz, el sonido, los conceptos personalísimos de dirección… Un clásico vivo es aquel que mejor se presta a toda libre utilización de su obra y a cambiar de “look” y de maneras según la época, dada esa extraña capacidad que tiene el clásico de conquistar el espíritu humano en lo esencial de sus sentimientos. No hay moderna versión que no utilice a un clásico para servirse de algún aspecto que resaltar en su profunda y tentacular propuesta formal y estética, por lo cual Shakespeare se nos ha podido dar revestido de comunismo ortodoxo de la mano de Bertold Brecht, en su versión de “Coriolano”. Pero Shakespeare seguía siendo el mismo, y era sorprendente descubrir que, en el fondo de su alma inescrutable, también pudo ser marxista sin saberlo. Un clásico de su talla lo es “todo a la vez”. Pensemos igualmente en la utilización partidista que han podido dar lugar, en el extranjero, la tragedia “Numancia” o la comedia “Fuenteovejuna”. El clásico es gomoso y extensible. Es una materia preciosa, pero maleable. Un clásico esta ahí para que lo interpretemos a nuestro modo, y si para nada nos sirviera, dejaría de ser un clásico.

Así pues, puede resultar inexplicable que el autor de “Numancia, de “Los baños de Argel” y de “El rufián Castrucho”; tanto como el autor de “Electra”, de “Casandra” o “Doña perfecta”, no resulten más familiares para el espectador actual, sin que a ello no contribuya una dejación de la crítica, una omisión desdeñosa, que no le hace mucho honor a nuestra cultura en general, ni a nuestra industria del espectáculo. No seamos demasiado tolerantes con esa “desmemoria”. Tanto como se impone la frecuentación del teatro cervantino, se impone la re-visitación del galdosiano, con toda su riqueza estética y significativa por reconquistar.

Manifiesto de vida, arte y política sobre la escena.

¡El estreno de ELECTRA! Episodio nacional, con fecha inconmovible, “Teatro Español” de Madrid. La Plaza de Santa Ana, aquella noche de 1901, se puebla de sombreros de copa, de hongos y de gorras. Un eufórico escándalo. Periódicos que arden, como improvisadas antorchas. Un barullo fenomenal. Por la Calle del Príncipe, un reguero de sombras animadas lleva en triunfo a don Benito Pérez Galdós, tan satisfecho como inquieto y turbado por la repercusión pública de su obra. Ha suscitado casi una revolución, que produce una crisis política y hace cambiar por entero el gabinete ministerial de Sagasta. Al cual, se designó “gabinete ELECTRA”.

La revisión del texto galdosiano puede procurar muchas sorpresas, sobre todo admiración por la pieza en sí. Galdos se revela un calculador dramaturgo que pudiera dar lecciones a los mejores guionistas de Hollywood. Después de una trepidante acumulación de incidentes, ese final de la obra, algo delirante, espectacular, rapidísimo y fantasmal, merece un particular análisis: ¿Cómo y por qué triunfan ciertas cosas?

Vayamos primero a su motivación: El espíritu liberal, democrático, aconfesional y progresista – inspirado por la “Illustration” – tiene antiguas raíces en España y adalides literarios y artísticos de la mayor consideración. Entre ellos – ¡cómo no! – al autor de los “Episodios nacionales”. La circunstancia temporal en España, que acoge el estreno de Electra, es muy problemática: el influjo popular de la Iglesia es un factor de involución, que obstaculizaba hallazgos científicos y medidas sociales de progreso. Los seminarios y los conventos son como fortalezas nacionales.

El sector más progresista del país intenta luchar con poderosas armas dialécticas, que pudieran dar ocasión a acciones más beligerantes y, tras el estreno de ELECTRA, asoma la oreja un grave conato de agitación. La conmoción política fue de envergadura, trufada de anécdotas impresionantes. Pero la obra en sí no puede ser mayor acierto estético y técnico.

El éxito de ELECTRA es emocional, es el de un vibrante melodrama parcial y beligerante, artísticamente resuelto con tanta espontaneidad y tan despreocupada pasión, que se termina con la intervención de un fantasma. ¡En una comedia tan realista! Sorprendente y paradójico final. Este viraje simbolista y rompedor con la prosaica realidad es muy propio de don Benito, de su pericia narrativa y de su instintivo conocimiento de la dinámica sensorial y sentimental del público. Para no dejar en el aire la menor sospecha sobre el problema que aqueja a ELECTRA, don Benito se saca de la manga una sombra fantasmal que, a su vez, nos saca de dudas, con la más firme “autoridad sobrenatural”. Esto es lo gracioso y lo paradójico. Porque lo sobrenatural en teatro es algo perfectamente natural, y sus sentencias son tan categóricas y convincentes como lo serían las leyes más justas en la vida real. El castillo de Elsinor, sin fantasma, se queda huérfano de significación. El enardecido espectador de ELECTRA, que se precia de “materialista” y está más dispuesto a creer en la confirmación de un fantasma de teatro que en las llagas de Sor Patrocinio, aceptará de muy buen grado un recurso de lo más procedente en la semántica teatral.

¡Bien por don Benito! Eso es acertar – o coincidir – con la idiosincrasia emocional del público. Faena completa con vuelta al ruedo.

La capacidad dramática de Galdós le hace competir y medirse con Ibsen, con Bjorson, con Strindberg… – todos supuestamente protestantes o luteranos – y con el gran teatro social de su tiempo en Europa. La intensidad argumental y novelesca de ELECTRA, rompe con la comedia alto-burguesa más frecuente en los escenarios madrileños, mesurada y corta en el terreno formal e ideológico. Comienza por reproducir el mismo clima de opulencia y prestigio social en el que se hacen provechosos negocios, y en el que una parte del capital se destina a dotar, con piadosas ofrendas, a la Iglesia Católica. Y nacional, se añadiría también. Pero enseguida se plantea al problema de ELECTRA. Después de la bulliciosa aparición de la protagonista, la extrañeza y la pesadilla se abren paso en los sucesivos interrogatorios que sufre la víctima, hasta terminar esta exposición en una gran incógnita sobre aquello que pueda acaecer seguidamente. La complejísima intensidad de dicha exposición es un alarde de concentración y efectismo teatral. Esto es algo que suscita en extremo mi admiración de “hombre de teatro”.

Al final glorioso y exaltado del tercer acto – en la versión original – nos hallamos a mitad de la obra y, tras esa primera y emocional embestida de teatralidad, lo que vendrá seguidamente no habrá de ser para echarlo en saco roto. Por necesidad, tiene que estar a la altura de esa primera parte.

¡Y tanto que lo está! Es otra embestida novelesca y argumental, con una soltura y una dinámica sucesión de efectos, cambios de tono, cambios de escenario y apoteósico final, que explican el entusiasmo de la juventud liberal y progresista de aquel momento. Un cartel de campaña, concebido por un “publicista” excepcional. Un diseñador de opiniones.

Por otra parte, la representación de ELECTRA, su puesta en escena, su interpretación, su exigente y lujosa ambientación, debieron ser excepcionalmente atendidas, para contribuir a la sugestión del público, que hubo de asistir a su apoteósico estreno. Hubo de poner a contribución todos los medios escenográficos, exactitud y pertinencia del vestuario, verecundia de la interpretación, que hicieran competir la representación de ELECTRA con la tónica habitual en los teatros de París o de Londres. Este es uno más de los aspectos que hicieron de ELECTRA tan gratificante espectáculo, que significaba como una corriente de aire fresco y europeísta. Las críticas de su tiempo lo reflejan.

Una versión apasionada y fiel

Y dicho aquello, aquí comienza mi comprometida labor, la posibilidad de manejar el diamante sin que pierda valor, más bien que lo gane en luminosidad. Ya he hablado del perfecto derecho que el adaptador tiene de resaltar ciertos aspectos de un clásico, para conectar más con su tiempo. No es otra mi intención. Pero no lo utilizo como defensor de una causa, de sobra defendida por él: La posible laicidad radical del estado, que él no llegó a ver y, nosotros, a medias. Si no es esto ¿qué otros aspectos de su universalidad he querido resaltar yo?

En primer lugar, la capacidad dramática de sugestión que Galdós despliega en Electra; con qué destreza desarrolla un argumento “in crescendo”, que la industria de Hollywood pagaría carísima, para una super-producción. El quiebro dramático y su resolución fulminante. Me ha parecido colaborar en una adaptación para el cine, resaltando – ¡claro está! – cuanto de dinámico y novelesco-cinematográfico hay en Galdós, de la gran pulcritud y gracia popular que tiene su lenguaje, que nos suena tan conmovedor y tan familiar como el de Moratín, que nos hace ser otros y los mismos, en la esencia del habla castellana. Galdós se paladea verbalmente como si fuera nuestro contemporáneo. ¡Que gran lingüista fue Galdós en el fondo!

Para todo aquello que me he propuesto, ha sido de todo punto necesario “remedar” – aun, si se quiere, falsificar o plagiar – en determinados momentos al propio Galdós, redundando en “lo galdosiano”, en su campechana y moderna expresión, en lo ricamente coloquial de sus diálogos, pero en una serie de réplicas o frases que no salieron directamente de su pluma. No se notará demasiado esta intervención, hecha con las intenciones de un copista restaurador. No se le “corrige”, ciertamente, se le pule y se le presenta rutilante, con una simple operación cosmética. Como el que limpia de humos y redora la Plaza Mayor de Bruselas. Parece nueva, como siempre lo fue.

Así pues, decidido a vindicar razonablemente mi trabajo, comencemos por una justificación no carente de peso. Pues cualquier especialista en Galdós y buen conocedor de la obra, sabe que el segundo acto de ELECTRA es una redundancia del primero, que mantiene y estira el mismo clima de expectación, saturando de las mismas argumentaciones al espectador de su tiempo. Pero nosotros “no necesitamos tanto”. Para el público de hoy, sobra esa dilatación, y le basta – para identificarse profundamente con el problema que se plantea – con todo aquello que ha visto desarrollarse en ese primer acto, de todo punto magistral. Así, en la presente adaptación, se suprime de raíz aquel segundo acto, y el tercero pasa a ser el SEGUNDO CUADRO de la Primera parte. En consecuencia, el brillante final de aquel tercer acto, termina muy convenientemente esta división. “En punta”, como se suele decir.

Después de la pausa que se determine, la Segunda parte, despliega toda esa parafernalia que mantiene en vilo al espectador, hasta el relampagueante final.

Mi principal preocupación ha sido subrayar o enfatizar al máximo esos momentos de intensidad argumental. Los dos últimos cuadros han sufrido, especialmente, esa manipulación con el mismo fin. Eran los puntos más delicados, en los que alguna intercalación de mi cosecha se responsabiliza de re-estructurar la línea marcada por Galdós en el desarrollo de este cuadro, previo a la final liberación de ELECTRA. He creído muy necesario destacar más el cambio psíquico de Máximo. El rejuvenecimiento agresivo de cualquier espíritu maduro, que es sujeto de una pasión. Si Galdós lo indica ciertamente, no están de más algunas réplicas que aún le confieran mayor rotundidad a ese tono de rebeldía, teñida de ansiedad, de sus sentimientos y razonamientos en este cuadro. Era preciso resaltar este aspecto, como simple factor de suspense, tanto como una apoyatura más firme para el propio intérprete. Don Benito me perdonará este admirativo pastiche, que concentra y resalta más sus intenciones.

Así pues, el espectador espera ansioso qué insospechado final se avecina. Y aquí se produce esta trepidante, rápida y brillante solución, tan hábilmente concebida por Galdós, de un insuperable efectismo teatral – y cinematográfico -. La súbita aparición del espectro busca ser más sorpresiva – gracias a la tramoya y a la luminotecnia modernas – y he acortado su discurso a lo esencial. Pero vamos a lo que me parece más destacable:

Este cuadro de contraste se debe resaltar: la noche tormentosa y ventosa, de naturaleza romántica, el movimiento ansioso, alarmado, dubitativo, atormentado, de cuantos intervienen en la acción. Aquí, “lo teatral”, le gana la partida a todo tipo de dialéctica. Es como un fogonazo, un “flash” que ofusca por un momento al espectador y recaba ese tipo de aplauso, gracias al inspirado cálculo de Galdós, para cerrar la obra de modo fulminante, que equivale a un presuroso, arrebatado y sinfónico final.

Admitiendo todos los aleatorios reparos que le caigan en suerte a esta enfebrecida adaptación, creo haber hecho cuanto estaba de mi mano para que ELECTRA muestre su lozanía y su fresca complicidad con el mundo actual, sin perder su sabor de época.

Dejemos a Galdós en su tiempo, para sentirlo, paradójicamente, más cerca de nosotros, pero nimbado ya por la leyenda.

Francisco Nieva